Desarraigo




No tengo hijos que puedan recibir el legado de mi infancia. No solo de la infancia. Tampoco quedará la huella del recuerdo de los lugares en los que he vivido, esa huella que no es vivida sino recibida de unos padres que a su vez escucharon y recibieron de los suyos su propia existencia.
No sabrán, por ejemplo, del terreno en cuesta (de las difíciles de gestionar) de la casa de los aittettes. Ignorarán también que me gustaba contemplar Lazkao desde el extremo más alto del jardín, para ir luego descendiendo por el mismo y observar cómo el pueblo era y no era el mismo. Cómo mi perspectiva cambiante hacía que al principio pudiera verlo casi en toda su extensión, para acabar frente al muro agreste que separaba nuestra casa de todo lo demás. Todavía existía el camino negro, más adelante la construcción de los chalets me quitó la intimidad que yo creía que necesitaba y fui dejando de realizar ese ritual que tanto me gustaba, los frutales "de casa" (aprendí desde temprano el valor de aquello que crecía o se criaba y engordaba en Txerrizalene) bien cargados en época de fruta; observar durante mucho rato si había aparecido alguna fresa nueva con la esperanza, pocas veces satisfecha, de que fuera grande y muy visible desde lejos. Subirme, un poco solo, soy miedica, a algún árbol y tratar de ver si era posible contar cuántas avellanas crecían, cuántas nueces pendían de los nogales. Es decir, cuando yo pasaba horas simplemente estando.
 ¿Quién sabrá todo esto cuando yo no esté? 

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