Estío
A Billy y a Jordan, dos ángeles de paso por Nevada.
Me gustan las piscinas profundas, los campos de maíz y leer antes de dormir, aunque sea una sola línea y no dé tiempo más que de abrir la página marcada y de ver desdibujadas las letras.
Me gusta recibir postales de cumpleaños con matasellos lejanos, y que allá donde se encuentre, mi hermana no olvide esa fecha.
Me gusta abrir el tarro de cristal de cuando en cuando y contar los billetes pequeños. Y las monedas. Y decidir qué pequeño extraordinario podría concederme con ello mientras abro una Budweiser y miro al infinito un buen rato. Vi a mamá hacer esto mismo muchas veces, con un cigarrillo en los labios y puede que unas cuantas Buds ya sobre la mesa, y es lo más parecido que recuerdo a la economía familiar. Así de sencillo: abrir una lata, amontonar billetes y moneditas y emitir el veredicto.
-Vale, hay cuarenta, vamos al cine. Pero tendréis que compartir las palomitas.
Hace dos días que el congreso ha finalizado y no me he movido aún. Anteayer, cuando me registré en el motel estaba exhausto y me entregué a las sábanas sin ducharme siquiera. Por la mañana me despertó una luz conocida, pero lejana, e inmediatamente vi a mi madre tal como aparece en la foto que sigo llevando en la cartera. La foto de Elko, junto a la piscina, en la que nos rodea con sus brazos a mi hermana y a mí para no desequilibrarnos en la misma hamaca pequeña. Esa en la que aparece con el pelo suelto y raya al medio con la camiseta blanca de tirantes , esa misma en la que salimos más rubios de lo que los éramos en realidad. La imagen no muestra las arrugas de su rostro, ni lo quebrado de su voz, ignorando, cual benévola deidad, el desgaste de una mujer por la que corrían kilómetros de vivencias. Nunca me dio vergüenza mi madre. Hablaba prácticamente a gritos, fumaba todo el tiempo, le contaba su vida a quien tenía mas a mano con la lengua pastosa por alguna copa de más y tendía a dejarnos al cuidado de vecinos y amigos más o menos pasajeros, pero jamás me avergoncé de ella.
Declarada incapaz para el cuidado de sus hijos, durante muchos años nuestro tiempo e redujo a pasar juntos algunas semanas cada año. Y no renegué de ella, ni una, ni dos, ni tres veces. Porque nos decía mil veces cada día que nos amaba, porque luchó a brazo partido por demostrar a un grupo de gilipollas que era una buena madre y porque me rompía el corazón escuchar cómo aseguraba aquella tarde junto a la piscina del motel que nuestro padre nos seguía queriendo a los tres y no podíamos olvidarlo, como si así mitigase su ausencia y no importase tanto que se hubiese marchado de golpe, sin un adiós. Y no vio cómo esa misma tarde me tiré de cabeza por vez primera porque tenía que dormir las copas de más a las que había sido invitada un rato antes por uno de la segunda planta y mi hermana cogió un resfriado tremendo por pasar demasiadas horas en el agua sin que nadie la obligase a salir y secarse al sol, pero eso no cambió nada. Aquella noche compartimos un paquete pequeño de palomitas y otras pasamos la madrugada en un café de carretera porque no había dinero y faltaban un par de días para que mamá recibiese su paga. Y nada de todo aquello me convirtió un resentido.
Me encantan los moteles y no lo recordaba. Desde que a los trece años nos enviaron a vivir de forma permanente con los abuelos, que tampoco recordaban tener una hija, la vida fue convirtiéndose en otra cosa. Ordenada, plagada de expectativas de futuro y absolutamente igual a la de cualquier chico de mi edad. Nos graduamos con éxito, aprendimos idiomas, acabé mi carrera universitaria al tiempo que mi hermana comenzaba a explorar los lugares más recónditos del planeta y antes de los 30 me había hecho con una plaza consolidada en la facultad, pero jamás nadie nos dijo que nos quería de ese modo. Ella continuó en nuestras vidas durante bastantes años más, sombra derrotada por autoridades de distinto tipo, el alcohol y los abandonos diversos a los que sobrevivía sumando cervezas y cigarrillos. No asistió a mi boda porque perdió el vuelo-resaca, me confesaría casi al final- y olvidaba sistemáticamente el cumpleaños de Jordan, pero de pronto encontrábamos una notificación de envío de paquetes de contenido variopinto: una gorra de los Yankees (odiaba el béisbol y ella lo sabía, le daba exactamente igual y yo la ponía en la estantería de los trofeos de mi cuarto), un llavero horroroso cuya procedencia preferíamos ignorar; una camiseta con dibujos infantiles para mi hermana cuando hacía tiempo que usaba sujetador. Enviaba cartas a través de algunos de mis tíos porque así se aseguraba de que las recibíamos y a veces no se comprendía nada de lo que contaba, pero las llenaba de corazones a bolígrafo y estampaba labios de carmín rosa. Ya desde entonces sé que no ha habido nadie más besado que nosotros.
Mucha gente me ha preguntado si hubiese preferido una madre al uso y a tiempo completo. Como si fuese obvio que tuviese que sentir lástima por mí mismo. Como si mi destino estuviese irremediablemente ligado a asistir a terapia.
¿Por qué debiera alguien amado desear algo distinto?
Elko, Nevada
Julio de 2009
Comentarios
Publicar un comentario