Acto de perdón perruno.
Y cuando entró en el piso después de que lo sacaran a pasear, ella continuaba allí.
La pobre- se dijo el chucho- con suerte igual no vomita las tostadas y el café con leche que se está zampando.
Y como quien intuye que se avecina tormenta, no saltó sobre el sofá, ni regateó unas caricias o se hizo el remolón con el fin de conseguir una loncha extra de pavo. Con trote ligero pero en absoluto llamativo desapareció del escenario principal y se acostó escondido solo a medias en la trastienda de las tragedias domésticas que se suceden sin descanso a todas horas, en todas partes, en todos y cada uno de los lugares del planeta.
A esperar que pase, y el perro fue de este modo y durante un espacio breve y eterno a un tiempo, el ser más coherente de cuantos habitaban a esas horas la casa.
Rato después, tras escuchar el sonido de una puerta que se cerraba, abandonó su desacostumbrado retiro y tomó posesión de los lugares habituales, y aunque nada parecía ser distinto, no le llevó demasiado tiempo caer en la cuenta de que la puerta que había escuchado se llevaba consigo de forma definitiva una figura, unas costumbres, una determinada cadencia en los pasos que lo guiaban de vez en cuando en sus salidas por el barrio.
La pobre, de nuevo no pudo evitar el calificativo, era buena chica. El mundo humano parecía estar poblado de buenas chicas y no por ello los finales variaban, así que no se molestó en comprender los mecanismos que rigen las relaciones supuestamente inteligentes de las personas.
Unos ladridos avisaron a su dueño de que tenía sed y pocos minutos después todo volvía a ser como debía. Saltos, gruñidos, pelaje acariciado y abrazado y este es mi perro bonito, y más saltos.
A un escaso kilómetro, una (buena) chica no lograba encontrar su coche en el párking mientras, asida a una pequeña bolsa con los restos de su naufragio particular, se condecoraba a sí misma con sobresaliente cum laude ante el desalojo afectivo más veloz jamás experimentado.
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